August 11, 2022
México-Polonia: solidaridad en tiempos de guerra

A bordo de una “fortaleza aérea camuflada”, el 28 de diciembre de 1942, arribó a México el general Wladyslaw Sikorski, primer ministro del gobierno de Polonia en el exilio y comandante en jefe del ejército polaco. La Segunda Guerra Mundial estaba en su momento más álgido y el visitante europeo llegaba para convenir con el gobierno de Manuel Ávila Camacho la posibilidad de recibir a refugiados polacos.

El relato de la visita de Sikorski y la posterior llegada de mil 432 refugiados polacos a México, a quienes se conoce como “Los Niños de Santa Rosa”, es una historia de solidaridad, pero también de olvido. A diferencia de otras hazañas de rescate, como la que orquestó Gilberto Bosques, la de Sikorski y el gobierno mexicano apenas ha comenzado a salir a la luz.

Ocho décadas después del acontecimiento, una exposición inaugurada el 7 de julio en el Museo de la Segunda Guerra Mundial de Gdansk, Polonia, recobra la historia de fraternidad entre dos naciones. “México y Polonia: camino compartido. Visita del General Wladyslaw Sikorski a México, en 1942”, reúne 40 imágenes históricas, rescatadas principalmente del Archivo General de la Nación (AGN), que dan cuenta de un capítulo de amistad.

“Este episodio no se menciona en los libros, el tema no era muy conocido, nosotras caímos por casualidad”, dice la historiadora Gloria Carreño, quien junto a su colega Celia Zack de Zukerman documentaron el hecho en el libro El convenio ilusorio: refugiados polacos de guerra en México (1943-1947)”. Carreño, además, ha fungido como curadora de la exposición en Polonia, que es organizada por la Embajada de México, con el apoyo de la SRE, el AGN y el Archivo Nacional Digital de Polonia.

La exhibición se centra en la visita del general Sikorski a México: las imágenes lo muestran en una cena de honor en Xochimilco, en torno a la columna de Independencia, siendo condecorado en la cancillería y pasando revista a la infantería mexicana acompañado por el general Francisco L. Urquizo. Se trata de “una visita muy singular porque, estando en un periodo de guerra, es recibido como un jefe de Estado, es la primera recepción que se le hace a un jefe de Estado europeo, después de la Revolución”, dice Carreño.

La llegada de Sikorski acaparó los titulares de la prensa mexicana: “Es recibido con protocolo; la Ciudad de México lo recibe como huésped distinguido, lo invitan a Xochimilco a comer en las trajineras, se pone el sombrero de charro, pasa revista a las tropas, visita el Hospital Militar y le dan una medalla; la visita concluye con el anuncio de un convenio, por el que se concederían 20 mil visas para refugiados”.

Gzegorz Berendt, director interino del museo; Juan Sandoval Mendiolea, embajador de México en Polonia, y Monika Soloduszkiewicz, subdirectora del recinto. (Créditos: Cortesía)

DOCUMENTO PERDIDO

“Los días en México del general Sikorski marcaron, de manera medular, las relaciones entre los dos países, al crear vínculos entre ambos pueblos que no existían y que se han consolidado con el paso del tiempo”, como afirmó el embajador de México en Polonia, Juan Sandoval Mendiolea, durante la inauguración de la exposición.

Frente al asedio que Polonia recibía durante la guerra, por occidente de los nazis y por oriente del ejército ruso, más de un millón 700 mil polacos se habían desplazado, sobre todo “a las zonas más pobres y alejadas” de Siberia y Uzbekistán, para ser concentrados en campos de trabajo. Con la entrada de Estados Unidos a la contienda se dio un acercamiento de alianza entre el gobierno polaco, exiliado en Londres, y su enemiga Rusia. La condición para trabajar en conjunto era formar un ejército y evacuar a los refugiados hacía un terreno más neutral, en Irán.

Sikorski se convirtió en un símbolo de independencia y valor, y México, incorporado al grupo de naciones democráticas, decidió invitarlo al país. En 1942, el general polaco realizó una visita al presidente Roosevelt, en Estados Unidos, y después, aprovechó para visitar México, donde selló el pacto para traer refugiados de su nación.

En total, recuerda Carreño, se hicieron dos largos viajes: los refugiados se habían concentrado en India, de donde atravesaron el Pacífico para llegar a Estados Unidos y después, en tren, conducirlos a León, Guanajuato, a la hacienda de Santa Rosa. En el primer viaje iban 706 personas, de los cuales 27 eran judíos. Un segundo grupo fue integrado por 750 polacos, de los cuales 387 eran niños huérfanos.

Con tres millones de dólares que fueron aportados por organizaciones polacas en Estados Unidos, en Santa Rosa “se establecen los dormitorios y los espacios para la escuela, la enfermería, y todas las condiciones para los adultos y los niños”, estos últimos bajo cuidado de una orden religiosa.

Terminada la guerra, México autorizó a los refugiados a instalarse y trabajar fuera de la colonia y les ofreció visas individuales, pero no todos decidieron quedarse en México. “El problema fue que el tiempo que estuvieron en la colonia Santa Rosa siempre hablaban en polaco y los niños estudiaban en polaco y de acuerdo con los planes polacos; a ellos se los llevaron a Chicago y otros adultos también se fueron a Estados Unidos; un grupo pequeño, como 70, regresaron a Polonia y aquí se quedaron otros tantos”, dice Carreño.

Pero, ¿por qué se trató de un convenio ilusorio? Después de sumergirse en archivos, Carreño y Zack de Zukerman nunca encontraron el documento oficial firmado por el gobierno mexicano y por el general Sikorski. “Por lo menos hasta ahora no lo hemos encontrado, al parecer fue un acto de solidaridad de México con Polonia, que era el país que la estaba pasando peor en la guerra, invadido por los dos lados”, afirma la historiadora.

PAL

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