August 11, 2022
La indeleble marca de la corrupción

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Pedro Medellin

Gracias a una justicia lenta o parcializada, permanecen ahí, como si nada hubiera pasado con ellos.


20 de julio 2022 , 10:20 p. m.

Pueden estar radiantes. Posar de grandes dignatarios. Tomar posesión de sus cargos con grandilocuencia. Incluso hacer de cuenta que la gente no los señala, no vota contra ellos ni los quiere ver más como congresistas. Saben que la gente los tiene identificados y lo que han hecho para llegar a donde están. Llevan la indeleble marca de la corrupción. Y que sin embargo, gracias a una justicia lenta o parcializada, permanecen ahí, como si nada hubiera pasado con ellos. Asumiendo su condición pública con aire de novillero triunfador. No importan las pruebas en su contra.

En su papel de padres de la patria, querrán hacer creer que no están allí por nada distinto a su sentido patriótico, a su vocación de servicio y a su ética “insobornable”. Las mismas “características” que tantas veces han tenido que esgrimir para encubrir que han sido atrapados en un negocio turbio, una desviación de fondos, una injustificada compra de un bien o alguna plata en efectivo que le fue encontrada. No es difícil imaginar cómo, en medio de la pompa de la instalación de las sesiones del Congreso de ayer, alguno de ellos dijo a sus colegas cercanos que ese día, a esa hora de la tarde, hubiera preferido estar con sus amigos en el barrio o en la plaza de un pueblo. Que eso era lo que realmente los haría felices.

No importa que, también en eso, tengan que mentir. Saben muy bien que a los barrios y a las plazas populares, como a los demás lugares en los que compran su votación, no pueden llegar si no van con un abundante rollo de billetes en la mano que puedan ir regalando a su paso. Porque allí, a donde lleguen, no esperan nada distinto de ellos. Nadie valora como quisieran ni su capacidad política ni el estatus que han alcanzado. No los aclaman como creen merecer. Ni siquiera los respetan. Esa es su realidad. Es el producto del sistema de relaciones políticas que ellos mismos han construido: una “clientela” que le sirve para que haya un elegido al que ya en el cargo podrán extorsionar cada vez que los necesite; y un “electo” que (para serlo) deberá sacar dinero de donde sea para cubrir el favor de haber dado un voto, que nunca va a saber cómo terminará de pagar.

Por más que lo intente, por fuera de su clientela, tampoco va a ser considerado un destacado líder político, ni mucho menos será un dirigente que infunda respeto ni credibilidad. Por más títulos académicos que trate de agregar a su hoja de vida, por más que gane elecciones o discursos grandilocuentes pronuncie, jamás podrá alcanzar su sueño de ser considerado un estadista. Todo porque un día se dejó tatuar con la indeleble marca de la corrupción.

Aun cuando por alguna razón inesperada se le permita llegar allí, siempre será porque está dispuesto a hacer lo que sea necesario para que los que ostentan el poder real obtengan resultados

Por más que intente lo contrario, en todos aquellos proyectos políticos en que participe, o aquellos a los que se lo invite, siempre será para que haga el trabajo sucio. Cualquiera que sea. Porque es para lo único que sus colegas en el Congreso, en los gobiernos o en los partidos lo tendrán en cuenta. Lo invitan porque saben bien hasta dónde va su “sentido patriótico”, conocen bien hasta dónde puede llegar su “vocación de servicio” y tienen establecidos los límites que tiene su ética de “insobornable”.

Es la amarga rutina que los debe acompañar a diario, si es que quieren ascender a las altas esferas del Estado. Y aun cuando por alguna razón inesperada se le permita llegar allí, siempre será porque está dispuesto a hacer lo que sea necesario para que los que ostentan el poder real obtengan los resultados que están buscando. Y aunque los logre, ni siquiera para los que sirvió fielmente, nadie le sabrá reconocer nada distinto a que es un corrupto.

Es el calificativo que lo perseguirá hasta la próxima campaña electoral, cuando alguien lo necesite para trabajo sucio que lo llevará a la próxima elección y lo pondrá de nuevo a mover su “clientela”, que le responderá sabiendo que, mientras la justicia no lo someta, será alguien a quien, por esa indeleble marca de la corrupción, solo le permitirán aparecer si tiene un buen rollo de billetes para regalar.

PEDRO MEDELLÍN TORRES

(Lea todas las columnas de Pedro Medellín en EL TIEMPO, aquí).

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