August 20, 2022

Diputada Federal por la LXIV Legislatura

La reforma energética de Enrique Peña Nieto tuvo como objetivo real el debilitamiento de Petróleos Mexicanos. Los neoliberales buscaron dejar a Pemex en los huesos y para ello crearon un modelo que ofrecía jugosas ventajas a los privados en detrimento de la empresa pública.

Desde su arranque, el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador se propuso revertir una tendencia que sistemáticamente cedía espacios a los privados y que incluso pervirtió mecanismos mixtos que podrían haber sido provechosos.

Garantizar la soberanía y la autosuficiencia energética se convirtió en el eje de las acciones de este gobierno y, en ese escenario, una pieza clave es la Refinería de Dos Bocas, Tabasco, la primera construida en el país desde 1979.

La inauguración de la primera etapa de Dos Bocas cumple el compromiso número 71 del presidente y nos permite avanzar con firmeza en la recuperación de la autosuficiencia en gasolina, diésel y otros derivados del petróleo.

El acto inaugural, que coincidió con la conmemoración del cuarto aniversario del histórico triunfo electoral de 2018, fue ocasión para que el país atestiguara la diferencia entre una obra que –con el resto de las refinerías renovadas y la adquirida en Estados Unidos– será vital para el desarrollo nacional.

Del otro lado de la acera, la inauguración de esta primera etapa de la refinería desató una andanada de críticas que llegaron al absurdo de defender la “refinería” prometida por Felipe Calderón que, como todos sabemos, nunca pasó de ser simplemente una barda.

El rescate de Pemex y del conjunto de nuestro sector energético nos llevará, en el mediano plazo, a producir nuevamente las gasolinas que consumimos. Lo conseguiremos gracias a la nueva refinería, al programa de rehabilitación de las seis refinerías ya existentes y que se encontraban prácticamente abandonadas, así como a la compra de la refinería de Deer Park, en Texas, que está reportando excelentes ganancias en la coyuntura actual.

El cuadro lo completan la construcción de un tren de refinación en el complejo petroquímico de la Cangrejera y dos plantas coquizadoras en las refinerías de Tula y Salina Cruz, en ambos casos para aprovechar residuales y producir combustibles de mayor valor agregado, y sobre todo más limpios, como el diésel de ultra bajo azufre.

La nueva refinería es un proyecto estratégico porque el petróleo no se dejará de consumir de la noche a la mañana, ni en México, ni en el mundo. Es cierto que hemos iniciado la transición hacia una economía baja en carbono y que en el futuro los combustibles fósiles dejaran de ser la principal fuente de energía, pero también es cierto que el proceso tomará tiempo y no estará ausente de sobresaltos, como lastimosamente hemos constatado a la vista de los sucesos en Europa, cuya preocupación central se ha desplazado hacia la urgente necesidad de asegurar el suministro de petróleo y gas natural en un complejo juego de geopolítica y amenazas bélicas.

Otro elemento importante es el déficit de refinación en Estados Unidos, que tomará tiempo eliminar. Con la pandemia disminuyó la demanda de combustibles y cerraron viejas refinerías cuya rentabilidad ya estaba comprometida. A los cierres también contribuyó la previsión de una transición más acelerada. Las circunstancias han cambiado. Las expectativas de que el remplazo del petróleo será más lento de lo que se pensaba está alentando la construcción de nuevas refinerías en diversas partes del mundo.

La transición energética requiere de una base de combustibles ligeros que serán remplazados paulatinamente por fuentes renovables de energía y tecnologías limpias. De ahí la importancia de contar con suficiente capacidad de refinación para procesar nuestro propio petróleo y satisfacer la demanda con producto nacional, sin la incertidumbre que causa el azaroso y costoso suministro externo.

La proeza de miles de hombres y mujeres que hicieron posible este paso, sin endeudamiento alguno, merece ser celebrada.

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