October 5, 2022
Dramatismo

Es que así tocaba. Había que pegar un grito en el viejo escenario de la ONU, con esa pared de mármol verde como fondo, a ver si contra todos los pronósticos –y en una de esas– el mundo se apiadaba de sí mismo. Había que repetir, como lo hizo Petro, en nombre de los presidentes liberales de las últimas cuatro décadas, la vieja noticia con vocación de plegaria: “La guerra contra las drogas ha fracasado”. Había que decirlo en clave de histrionismo e indignación, “vengo de un país de belleza ensangrentada”, “la coca es la planta sagrada más perseguida de la Tierra”, “la selva se quema mientras ustedes juegan con la confrontación”, “prendan de nuevo las luces del siglo”, “piensen en un ejercicio racional del poder”, porque hay que ser especialmente osado e ingenioso para voltear este partido que siempre vamos perdiendo por goleada.

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Yo, por deformación profesional, creo en el dramatismo, en el discurso que sacude. Chaplin gritó en 1940, en El gran dictador, “¡la desdicha que padecemos no es más que la codicia de quienes temen seguir el camino de lo humano!”. Cantinflas gritó en 1967, en Su Excelencia, “¡ayúdennos compartiendo con nosotros sus notables adelantos en la ciencia, pero no para fabricar bombas sino para acabar con la miseria!”. Beale gritó en 1975, en Network, “¡el noticiero cuenta que hubo quince homicidios y sesenta y tres crímenes como si no hubiera nada por hacer!”. Y siempre, a la salida del teatro, se dijo: “Qué mal que esto solo pase en la ficción”. Qué bueno es, en fin, cuando pasa afuera. Qué necesario era que Petro repitiera en la ONU, en su tono exasperado y harto ante el desangre, lo que dijeron Barco, Gaviria y Santos sin ambages.

Según enseñan estos tiempos inflexibles, en este punto de esta columna parece necesario repetir, con Cantinflas, el lugar común “pero no tenemos que pensar igual”: “Todas las ideas son respetables aunque sean ideítas o ideotas”, suelta él en Su Excelencia. Y es que el expresidente Pastrana malinterpretó el discurso tan pronto pudo: “Petro se declara el gran capo defensor de la cocaína”, tuiteó. Hubo reacciones, con modos de crítica literaria, que de tanto despreciar la prosodia petrista perdieron de vista la importancia de repetir obviedades que se desconocen. Hubo expertos que se sintieron ante un monólogo trasnochado de la izquierda de siempre. Hubo críticos que notaron, con tino, lo que sobró y lo que hizo falta. Y hubo voces serias, a oír, que pidieron pasar a los planes de acción. Pero a mí me pareció que ese era el grito que tocaba.

Qué necesario era que Petro repitiera en la ONU, en su tono exasperado y harto ante el desangre, lo que dijeron Barco, Gaviria y Santos sin ambages.

Porque era un grito irreverente venido de la reverencial Colombia. Porque ya era hora, por Dios, de gritarlo. Porque ser presidente de Colombia –presidente: no gerente– es llamar a la paz hasta hacerla. Porque en la Tierra de los últimos días, que de la Guerra Fría a hoy, ojo, pasó de 4 mil millones a 8 mil millones de espectadores que están enterándose de este desastre, lo trasnochado no es el discurso efectista que llama a una sociedad más solidaria, y denuncia la adicción al dinero que impide redistribuir la suerte, y ruega que el capitalismo respete los marcos de la democracia, y señala la irracionalidad del poder, y recuerda las invasiones en busca de petróleo, y pregunta por el papel de la Otán en el conteo regresivo de la especie, sino este mundo manoseado que insiste e insiste en su fracaso.

Petro empezó por la verdad: “Mi país no solo es bello”, dijo, “es también violento”. Pidió salvar la Amazonía, cambiar “deuda por vida”, “no alinderarnos en los campos de batalla” y “acabar con la irracional guerra contra las drogas”. Y quedó, al final, este ojalá de siempre: esta ilusión de que ya no heredemos a los hijos los anhelos, sino las transformaciones.

RICARDO SILVA ROMERO

www.ricardosilvaromero.com

(Lea todas las columnas de Ricardo Silva Romero en EL TIEMPO, aquí)

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