September 29, 2022

Las grandes crisis permiten grandes transformaciones. Así ocurrió en México en 1982 y 1995. La primera permitió desplazar al nacionalismo revolucionario y abrir espacio a una visión moderna del país, pero resultó una victoria incompleta, porque el nuevo gobierno llegó en medio de una gran crisis fiscal y en default, prácticamente hablando. En lugar de terminar definitivamente con quienes habían ejercido el poder de forma inepta e irresponsable, y dirigido al país hacia el fracaso que fue evidente en 1982, intentaron simplemente sobrevivir durante tres años, y luego iniciar una secuencia de reformas siempre sostenida en la vieja estructura de poder. Financiaron ese proceso con el petróleo que entonces existía.

En 1985 el Banco de México impulsó una apertura comercial, que en 1986 se hizo general gracias al ingreso al GATT. La crisis del precio del petróleo de ese año se enfrentó “monetizando el déficit”, es decir, liberando la inflación, que después hubo que controlar a partir de diciembre de 1987, con el Pacto de Solidaridad Económica. El nacionalismo revolucionario intentó regresar en la elección de 1988, y de ese enfrentamiento entre hermanos no hubo forma de saber el resultado real. Los tecnócratas se quedaron en el poder, renegociaron la deuda externa, promovieron el NAFTA, y por diversas razones, pusieron al país en una situación vulnerable, que en el trágico año de 1994 se convirtió en la segunda gran crisis.

De ella obtuvimos nuevos avances: la independencia de la Corte, la transición a la democracia, el fin del poder presidencial omnímodo, la modernización de la economía. Como siempre, a esos avances los acompañaron nuevos problemas: poderes fácticos autónomos en sindicatos y gobernadores, dificultades de coordinación y, poco a poco, un deterioro de la capacidad del Estado para controlar a las fronteras del sistema: crimen, subversión, política antisistémica.

La crisis que viene puede dar lugar a una nueva transformación. Si ocurre antes de las elecciones, será claro que, al igual que en 1982, su origen no está en conservadores, neoliberales o extranjeros, sino precisamente en quienes han impedido que México sea un país exitoso: los nacionalistas revolucionarios; es decir, los priistas de antaño o los morenistas de hoy. No hay nada más nocivo para México, al menos desde mediados de los 60, que ese grupo político. Lo han mostrado en diversas ocasiones, y lo están haciendo nuevamente. Ya si no se entiende con esta crisis, nunca se entenderá.

Pero podría ocurrir la crisis después de la elección. Eso complicaría identificar a los culpables, aunque en 1995 pocos dudaron de cargar el costo a Salinas. Si eso ocurre con una presidenta de Morena, le costará culpar a su antecesor, además de que seguramente estará rodeada de ineptos, pero leales. Eso puede amplificar los costos, y reducir las ventajas de la crisis. Si le ocurre a una presidenta de oposición, desde Tabasco intentarán convencer a la ciudadanía del error de haberles quitado el poder. Eso puede complicar mucho la estabilidad política.

Como en 1995, tendremos una gran posibilidad para acelerar la recuperación: la demanda estadounidense. La globalización se diluye ahora en bloques, y el nuestro es el más prometedor. Casi no hay que hacer nada para aprovechar, salvo evitar obstaculizar. Justo eso ha hecho el gobierno actual, pero no tiene que seguir así. Lo único que realmente puede evitarnos tener éxito es el viejo error mental, es decir, el nacionalismo revolucionario.

El futuro consiste en convencernos de formar parte de Norteamérica y olvidarnos de la quimera latinoamericana, uno de los fracasos más notorios en la historia económica mundial. Y política. Y social. Un fracaso sin adjetivos, pues.

Las crisis ocurren, y cuando ya no pueden impedirse, hay que aprovecharlas. Es el caso.

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