August 15, 2022
“Calles. Para perderse y encontrarse en la historia argentina”, lo último de Felipe Pigna

El lanzamiento reciente de Felipe Pigna, publicado por editorial Planeta, se titula “Calles. Para perderse y encontrarse en la historia argentina”. La producción abarca una sólida colección de misceláneas, curiosidades y datos ocultos sobre las misteriosas calles de la ciudad.

No se trata, advierte el autor, de un diccionario de las calles de Buenos Aires. El enfoque de Pigna plantea una novedosa aproximación a “nuestra historia” a través de los nombres que conforman el trazado urbano.

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Lanzamiento de “Calles. Para perderse y encontrarse en la historia argentina”, de Felipe Pigna.

En un nivel de lectura todavía más profundo y analítico, el autor desmenuza la historia de las calles para responder rigurosamente una serie de interrogantes vinculados con la elección de los nombres“¿Quién tiene más calles relacionadas, San Martín, Sarmiento o Colón? ¿Hay más unitarios o más federales? ¿Quiénes son los peronistas, radicales y socialistas?” . Las preguntas funcionan como disparadores para iluminar hitos e “historias poco contadas”, que actualmente se encuentran a disposición del público lector.

Un capítulo del libro

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Felipe Pigna cuenta la historia de Arturo Toscanini

A continuación, se reproduce un capítulo de la atrapante y reciente producción del historiador argentino:

Toscanini, la de una vereda sola 

Arturo Toscanini tenía dos pasiones, la música y las mujeres. Intenso y perfeccionista, se cuenta que trabajaba como un obsesivo con sus orquestas hasta encontrar el sonido y el equilibrio que buscaba. Y después de dejarlo todo en su trabajo, se perdía en amores fugaces. A veces mezclaba trabajo y placer. Durante una audición que dirigía en su Italia natal, por ejemplo, una de sus amantes lo llamó frente a toda su orquesta: «Arturo», así, a secas. «Arturo, en la cama», dijo en voz alta para que todos lo escuchen. «Aquí soy “maestro”».  El vínculo del director de la orquesta de La Scala de Milán con Buenos Aires fue tan intenso como su vida. Arturo llegó a nuestro continente por primera vez en 1886, a sus diecisiete años y como violonchelista de fila. No pasó por Buenos Aires, pero Río de Janeiro y el aire de prosperidad que se respiraba en la región lo cautivaron. Toscanini pisó Buenos Aires en 1901, cuando ya era un destacado director, y quedó tan impresionado que volvió todas las veces que pudo. Durante esta temporada, el presidente Julio Argentino Roca le pagó por mes más de lo que Toscanini cobraba en La Scala de Milán por año. Aquí dirigió cerca de quince obras. En algunas hasta cantó el gran Caruso. Entre muchos teatros de la época en los que se presentó, estaba el Teatro de la Ópera, en Corrientes entre Suipacha y Esmeralda, que todavía mantiene su nombre: el actual Colón no estaría listo hasta 1908.  Arturo volvió en 1903 y en 1904 convertido en una estrella internacional. Se contaban más chismes de él que de casi nadie: Buenos Aires era una ciudad importante para la ópera, donde, como suele ocurrir, Toscanini era venerado como como un dios por algunos y criticado por otros.  En 1906, en la representación de Madame Butterfly, alguien le gritó a la protagonista y amante de Aturo, Rosina Torchio: «¡Está embarazada de Toscanini!», mientras toda su familia estaba sentada en el palco. Ese mismo año, su hijo Giorgio de cinco años –que trabajaba como extra en algunas de sus obras– falleció de difteria y fue enterrado en el Cementerio de la Recoleta y luego llevado a Italia. Su adicción al trabajo era tal, que aquella noche no faltó a la función de Madame Butterfly, y cuando Giorgio debía hacer su aparición y entró su reemplazo, el director siguió con sus vehementes movimientos mientras las lágrimas llenaban todo su rostro.  El vínculo de la ciudad con Toscanini duró hasta 1912 y se heredó de Roca a Quintana, y de este a Figueroa Alcorta. Arturo era muy estructurado y obsesivo con la música, respetuoso de las partituras y del orden, cosa que lo llevaba a pelearse con muchos de los músicos, sobre todo con los principales tenores y sopranos que podían disputarle el protagonismo y la dirección. En aquel año, durante una representación, un aria muy especial hizo levantar a todo el Colón y pedir un bis. Enfurecido porque no podía seguir la representación según el guion, Toscanini se dio vuelta y realizó un histórico corte de manga, tiró la batuta y dejó el podio. Tardó veintiocho años en volver.  Si bien se supo después que su retiro se debía a una pelea con los nuevos administradores del Teatro Colón designados por Juan Anchorena, intendente de la ciudad; durante más de veinte años, cada verano, se le enviaba por correo una oferta para volver con una particularidad: el dinero, el repertorio y las fechas estaban en blanco. Toscanini la rechazó año tras año.  Casi tres décadas después, el mismo teatro que lo había expulsado fue el que lo hipnotizó. En 1937, completamente enfrentado al fascismo de su patria y al nazismo, emigró a Estados Unidos, país que lo convertiría en el primer director de orquesta «estrella» de la historia: es el precursor de figuras como Zubin Mehta o Daniel Barenboim. Mientras Toscanini estaba de gira en Buenos Aires en 1940 con la orquesta sinfónica de la NBC –orquesta que fue creada para él y con la que actuaría hasta 1954–, en uno de sus descansos escuchó en vivo desde el Colón, por la Radio Municipal, a Fritz Busch dirigiendo Il trovatore de Verdi. La orquesta estable y la calidad del sonido le gustaron tanto, que al día siguiente firmó el contrato que lo traería en 1941 para dirigirla. Para completar a los talentos locales, el maestro hizo algunas incorporaciones extranjeras y logró colar, entre ellas, a Friedelind Wagner para el coro, nieta del Richard Wagner y bisnieta de Franz Liszt. Friedelind había rechazado la adhesión de su madre con el nazismo y denunciado el vínculo que su familia paterna tenía con el Führer. Toscanini consiguió el salvoconducto para que Friedelind pudiera salir de la Alemania nazi y se instalara en Estados Unidos. Las seis semanas que pasó Toscanini en 1941 en Buenos Aires dejaron marcadas a una generación. Quienes lo escucharon hablan del más perfecto arte musical jamás realizado en nuestro país. Toscanini, en su mejor momento, manejaba su orquesta como a un equipo de fútbol: cambiaba músicos en función de su rendimiento y les exigía más y más, mientras él cosechaba amantes en cada barrio. Hasta Julio Cortázar aseguró que haberlo visto inspiró uno de sus cuentos más memorables, «Las ménades».  Con esa vara altísima, Arturo dejó la ciudad para nunca más volver. Dejó, sí, trescientas horas de grabaciones no oficiales entre shows y ensayos, que fueron emitidos por Radio Nacional. Toscanini falleció en 1957 en el Bronx, a los ochenta y nueve años. Ese mismo año, en la vereda del Teatro Colón, sobre la calle Viamonte, que no había tenido hasta el momento ninguna denominación, la ciudad le rindió el merecido homenaje. La historia de la música clásica está presente en las calles porteñas desde 1893. Sin mayor explicación que el simple homenaje a sus compositores e intérpretes más reconocidos, cabe pensar si quien tomó la decisión lo hizo simplemente porque amaba los conciertos y las sonatas. ¿A quién no le gustaría nombrar una calle con su músico favorito? La ordenanza de 1893 concedió al austríaco Wolfgang Amadeus Mozart una parte de la llamada Calle Nueva, ubicada en lo que hoy se conoce como Villa Luro. Esa misma norma incorporaría otra calle en Barrio Norte, esta vez en honor de Blas Parera: músico, director de la orquesta del Teatro Coliseo, combatiente durante las Invasiones Inglesas y compositor del Himno Nacional. Nuestra marcha patriótica está presente en toda la ciudad: el compositor de su letra, Vicente López y Planes tiene su lugar en la Recoleta y una localidad en la zona norte del conurbano bonaerense recibe su nombre. Al arreglador, Juan Pedro Esnaola, le tocó un corto pasaje cerca del Parque Centenario gracias a una ordenanza de octubre de 1904. Una década más tarde, el alemán Ricardo Wagner vendría a bautizar un pasaje de Villa Luro. Pocos años después, a cien años de su muerte, en 1927 se homenajeó en Villa Urquiza a otro germano: Ludwig van Beethoven. 1944 sería el año de dos argentinos en los que hubo que aclarar el nombre, porque ya existían calles con sus apellidos: el nacionalista folclórico Julián A. Aguirre, en Mataderos (que podría confundirse con la calle homónima en Villa Crespo, nombrada así por Francisco de Aguirre, el fundador de Santiago del Estero) y el compositor y autor de un tratado de armonía Arturo Beruti2 en Nueva Pompeya, que no debe ser confundido con la calle Beruti, con una sola «t», en honor de Antonio Luis Berutti. Ese año también ligaron el italiano José Verdi en Monte Castro y el alemán Juan Sebastián Bach en Saavedra. Al autor de la Marcha de San Lorenzo, Cayetano A. Silva, lo incorporarían al año siguiente con una calle de Liniers. En 1956, cuando la autoproclamada Revolución Libertadora decidió quitar todo lo referido al peronismo en denominaciones y discursos, el barrio Juan Perón pasó a llamarse Cornelio Saavedra e incluso las calles que referían a hitos como Constitución de 1949 o 1 de Mayo fueron renombradas. Así se sumaron nombres de músicos como el director del Teatro Colón Athos Palma, el fundador del Conservatorio de Música de Buenos Aires en 1893 Alberto Williams, y los compositores Constantino Gaito y Carlos López Buchardo. Los últimos músicos de estos géneros homenajeados son Juan Maffioli, con una plazoleta, y Gilardo Gilardi, en Retiro.

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