October 5, 2022
Abracadabra

Cuando niños jugábamos a la magia, y la palabra clave era ‘abracadabra’. Muchísimo tiempo después descubrí su origen leyendo Harry Potter. Los magos de Hogwarts la pronunciaban avdá kedabrá. Parece lo mismo pronunciado de otra forma, pero, para quien sabe hebreo es diferente e iluminante.

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El hebreo es un idioma semítico; las palabras se derivan de raíces con tres consonantes que, modificadas con vocales, pueden ser verbos, sustantivos o adjetivos, y pueden asumir significados diferentes, pero relacionados. Avdá viene de la raíz que significa ‘trabajo’, ‘obra’ o ‘hecho’. Dabrá viene de palabra. El prefijo ke significa ‘como’. Así, avdá kedabrá querría decir ‘la palabra como obra’. Esa es la esencia de la magia, pronunciar una palabra para que se convierta en obra.

En Hogwarts (para quienes no han leído Harry Potter, es la gran escuela de magia) la mesa se llena de manjares con un giro de varita, luego se vacía y se llena de postres. Nadie trabaja en la cocina ni hace mercado, y la loza se lava sola.

Muchos se han ilusionado con la magia; lástima que no funcione. Por ejemplo, pronunciaríamos las palabras “decrecer para vivir mejor”, avdá kedabrá, y todo se arreglaría. Pero no valen las palabras mágicas, ni siquiera si las pronunció hace años un profesor de economía en alguna universidad francesa. Acá no hay forma de que la palabra produzca la obra. Teorías puede haber muchas, pero es mala idea construirlas solo con palabras y no confrontarlas, aunque sea experimentalmente, con obras.

No hay ejemplos de países que decreciendo hayan mejorado el bienestar de sus ciudadanos, en cambio, hay muchos en los que el decrecimiento produjo miseria.

Si redistribuyéramos igualitariamente entre todos los colombianos el PIB nacional (con un avdá kedabrá), todavía tendríamos un ingreso familiar muy inferior al de otros países, e insuficiente para asegurar bienestar general. Repartir el PIB es una suposición absurda, lo sé, pero a veces llevar los supuestos al extremo deja en evidencia lo imposible. Somos colectivamente pobres, y una distribución absolutamente igualitaria no cambiaría ese hecho. Tenemos que crecer para superar la pobreza. No hay ejemplos de países que decreciendo hayan mejorado el bienestar de sus ciudadanos, en cambio, hay muchos en los que el decrecimiento produjo miseria.

Algunos proponen transición energética con costo ambiental cero. Pero no hay magia que elimine el litio de las baterías, el cobre de los cables o el petróleo del plástico; o que instale paneles solares, construidos de sustancias inmateriales, sobre terrenos espirituales.

La magia no podrá impedir que el gas importado de Venezuela genere el mismo CO2 que el producido acá, y tampoco podrá acelerar la descarbonización de Estados Unidos y China.

Algo parecido sucede con lo que se propone para los costos de la energía eléctrica. Reclamar ‘#justiciatarifaria’, aun con un enérgico avdá kedabrá, no nos eximirá de contabilizar los costos de producción, transporte y distribución, las pérdidas por conducción y acceso ilegal, y los dictámenes del mercado, que, aunque no debe ser omnipotente, a veces algo influye.

En la historia hay infinidad de casos de gobernantes que acudieron a la magia. La Biblia relata un caso interesante en el libro de Daniel. El rey babilonio Nabucodonosor llamó a los magos para que le interpretaran un sueño (eso hubiera sido pan comido), pero les exigió antes que adivinaran cuál fue su sueño. Muy astuto ese rey, más que los contemporáneos.

Desde entonces han desfilado muchos magos asesores de gobiernos; Merlín con el rey Arturo, Rasputín con el zar Nicolás II y, más cercanos, el argentino José López Rega y el peruano Vladimiro Montesinos.

Los recientes se han quedado solamente con la palabra y renunciaron a la obra. Organizan grandes shows, pero sabemos que realmente no se pueden sacar monedas de una oreja, ni conejos de un sombrero. No son magos, apenas ilusionistas.

MOISÉS WASSERMAN@mwassermannl

(Lea todas las columnas de Moisés Wasserman en EL TIEMPO, aquí)

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